Sevilla

 

He aquí una ciudad que fue tan bella como la más bella del mundo. SegundaRoma, dijo Rodrigo Caro. Y Cervantes en su mejor soneto la llama "Roma triunfante en ánimo y riqueza".

El ánimo y la riqueza, y más aún, la nobleza y la grandeza, todos términos ponderativos como el espíritu de la ciudad, están presentes en ella, en sus calles, plazas y barrios. La grandeza, en ser en su época la ciudad europea que tuvo mayor recinto amurallado, y más espaciosa catedral; la riqueza en el lujo de sus casas y palacios, labrados al estilo renacentista y al estilo barroco; la nobleza manifiesta en sus escudos que adornan sus fachadas próceres; y el ánimo, en intentar siempre superar a todas.

La ciudad es el conjunto de sus calles, plazas y barrios, que en la época imperial asombraban a quien viniera a verla. Ciudad a la que podían emular, no superar, solamente Venecia y Florencia en el siglo XVI, y Viena en el XIX, y sus tres hermanas peninulares, Barcelona, Lisboa y Madrid.

Las calles de Sevilla están salpicadas trecho a trecho, de casonas solariegas, conventos y corrales. Los linajes más ilustres de España tenían aquí su morada (...). Otras, conservan aún la referencia a los antiguos conventos (...). Calles que tienen viejos nombres de industrias (...), calles que evocan a gentes que vinieron aquí, razas y pueblos que pasearon por Sevilla (...). Algunas calles recuerdan viejas leyendas, y tragedias sangrientas, y páginas misteriosas de la historia (...).

 

José María de Mena.